12.21.2023

Aftersun

Traga saliva una y otra vez hasta que tomes un poco de agua y por fin humedezcas los labios. Lo más probable es que seguirás tragando saliva porque la sensación no se irá del todo. De alguna manera es un intento de explicar lo que supone ver una vez más Aftersun. Como si no se hubiera ya dicho bastante, tuve la necesidad de verla para escribir inmediatamente después. En esta ocasión la uso para remover algo dentro y hacer aparecer emociones y palabras. Y fácilmente funciona aunque no podría haberlo hecho cuando la vi por primera vez, aun así cuesta trabajo poner ese flujo de emociones que vienen y van en algo concreto. Necesitas otro sorbo de agua y observar el mar, necesitas beber agua mientras contemplas agua para de a poco intentar asimilar lo abisal. Al ser una película tan celebrada es natural que la estimación sobre ella se contagie y se recalquen continuamente sus triunfos. Puedes reconocerlo, añadiendo que hace solamente un año se estrenó y que su repercusión se mantiene con notable fuerza. Lo valioso, o lo más valioso, es no poder evitar el apuro de expresarte tú mismo, de señalar algo con tus propias palabras. Por eso casi que da igual la gran cantidad de comentarios que ya se hayan hecho, es el zumbido que todavía resuena en tu cabeza o la salivación excesiva de la que no te puedes librar lo que te inquieta y verdaderamente te importa indagar. Por ejemplo, la escena en la que Calum compra una bellísima alfombra persa. ¿No crees que con el contraste fugaz e intenso que se muestra de la vida de Sophie adulta y en el que brevemente aparece la alfombra de su padre nos sirva para revelar con algún acierto nuestro sentir? Pienso, ya que al buscar mis palabras, encuentro confortable ceder a desproporciones, en aquella alfombra persa como el "rosebud" de El ciudadano Kane. Aftersun es una idea preciosa, una creación definitiva, llevada a cabo con una espontaneidad conmovedora y valiente. Y estarás de acuerdo que su admiración está concentrada en la imagen trágica que finalmente se consolida, en su final, the last dance; es solo hasta ese momento en el que también se termina de formar en nosotros la dolorosa intuición. En la terquedad de intentar hallar cualquier cosa desde mi posición, aunque no tenga nada de relevante, quiero repetir que la idea de Aftersun es bellísima y se revalida por lo que soportamos como espectadores, pero lo es sobre todo por la mirada de su creadora al atreverse a recuperar una vida, no la vida de su padre, sino la vida de ella misma, al renovar su recuerdo y conseguir trascenderlo.



   

11.29.2023

El asombro era mi luz

Mi abuela hacía las mejores papas fritas del mundo. Por aquel entonces no había probado gran cantidad de papas fritas y carecía de experiencia y conocimiento para expresar una sentencia de esa dimensión. Sin duda era prudente y conocía mis limitaciones, pero parecía atento e identificaba las cosas relevantes casi al instante. Había seguridad en mi percepción. Me detenía pacientemente a hurgar en el incipiente juicio que iba formando de las cosas. Como un investigador, observaba aquellas papas en el recipiente en el que permanecían mientras se terminaba de cocinar lo demás. Si tenía suerte podía comer una antes de que sirvieran y comprobar su exquisitez primero que todos. En esos años solía anticiparme. Podía determinar un gusto de inmediato. Las papas fritas de mi abuela iluminaban mi cara, me asombraba tener siquiera una en mi mano y degustarla con lentitud. Condensar el temor, apaciguar la ansiedad y controlar el arrobamiento era necesario para desmarcarme de los cervatillos de los que frecuentemente estaba rodeado. No quiero ser malinterpretado con la idea de que me creía superior, pero había algo certero en mi mirada que no puedo ignorar. Las cosas sonaban por doquier y mis sentidos parecían siempre abiertos a descifrarlas. El dolor era otra cosa más que sólo podía estimularme. Intuitivo, descubría dónde poner mi atención. Las papas fritas de mi abuela fue la prueba más decisiva para sentirme confiado y optimista del intenso porvenir.




11.18.2023

Emmanuel y Luciana III

Una duda apresó a Emmanuel cuando despertó en la madrugada, con la cabeza entumecida como si hubiese pasado la noche fuera de casa, lejos de su cuerpo, desprotegida. Escuchó los primeros brotes de la mañana. Se deshizo de cobijas y contempló sus piernas esperando que las próximas sensaciones iniciaran desde la punta de sus pies. Inmediatamente recordó que en inglés hay una sola palabra para referirse a los dedos de los pies. Su cabeza estaba más liviana, una chimenea con poco humo; debió verse en el espejo pero se asomó a la ventana y respiró las sobras de los autos. Luciana dormía espléndida en otra casa. Algún suave tamborileo sonaba en su interior que la hacía lucir sumamente complacida. Al despertar, motivada y plácida, sacudió su cuerpo como si tuviera cientos de insectos adheridos a su pijama. Se cepilló los dientes y con una envidiable delicadeza se lavó la cara. 

Se cumplía otro año de la muerte de su padre. Junto a su hermana y madre visitarían la tumba, pondrían flores y quitarían la maleza. La compañía de Emmanuel la alentaba y aquella mañana poco se conmovió. Emmanuel, dado a las circunstancias, se vistió con un pantalón de dril negro y un buzo negro de cuello tortuga que casi no usaba. Luciana estaba con un vestido azul del que resaltaban las líneas plateadas y finas en los hombros y del doblez de la falda. Bajo los árboles del cementerio Emmanuel se sintió poco espiritual. Caminaba detrás de las tres mujeres, disperso, deseando la hora de quitarse el buzo en el que estaba atrapado. Delante de la tumba Luciana apretó la sudorosa mano de Emmanuel y observaron las flores que habían puesto sobre la lápida acostada. Regresaron juntos, sus pasos eran delicados como si pisaran otro tipo de tierra, discretos y coordinados en medio del cementerio. Emmanuel, aturdido desde la madrugada, escondiendo una expresión displicente, se sacudió el pelo buscando entre ese revoltijo algo concreto qué pensar o decir mientras Luciana caía cada vez más en un inevitable ensimismamiento.

11.10.2023

Aruarian Dance

Una intrincada conexión me afanó en la mañana y fue la de precisar el origen de una alegría. Al primer acercamiento que recurre mi memoria sucede en la adolescencia, cuando duraba hasta la madrugada en el computador de escritorio intentando leer todas las páginas que había guardado durante la semana, pero que escudriñaba a gusto solamente cuando no tenía que ir al otro día al colegio. En la esquina donde quedaba el mueble, al lado de la ventana por la que entraba en diagonal la luz amarillenta del poste, estaba sentado frente al computador. Teníamos que turnarnos con mis hermanos e incluso a veces con papá que sólo lo utilizaba para jugar al Solitario. Allí leía, los ojos cristalinos y los audífonos puestos, porque aunque fuera de noche y los ruidos hubieran disminuido, a toda hora permanecía el zumbido de un televisor. Me acostumbré a leer con música porque era el único silencio posible. No fue fácil hallarlo, pero lo hallé en el 2011, un año después de su muerte. Seguramente su muerte consiguió que quienes ya lo escuchaban se volcaran estremecidos hacia su discreta figura y la repercusión de ese inabarcable pesar apareciera en algún sitio de mi navegación nocturna, y de ahí no pude jamás salir. Ni el auténtico silencio lo reemplazó, lo preferí y se adhirió profundamente a mí. Ocurrió entonces que ya no podía leer sin él, o por lo menos no de la misma manera, ni siquiera leyendo en mi habitación. Había un silencio en especial, un loop que me mantenía concentrado y que quizás se convertiría en la melodía que más veces oiría en mi vida: aruarian dance. Versiones extendidas empezaron a aparecer y eso probaba que no era el único que estaba loco por prolongarla. Ya no sólo para lograr concentrarme, sino para estar, para sobrellevar la inquietante adolescencia. No tardé en descubrir que esa música también había aparecido en mi niñez, cuando vi Samurai Champloo, un fascinante y anacrónico anime que pasaban a media noche, en donde la banda sonora fue completada con su música. Y supongo que así surgió, que cuando niño aquella música se incrustó y cuando la hallé de nuevo de alguna manera la reconocí, porque era algo que giraba y giraba elevándose, y seguirá girando.






10.27.2023

Ritmo diagonal

Limpio la casa, deshago telarañas y nidos, barro cucarachas y pelos. Ordeno toda la basura en una fila de bolsas por el pasillo. Aspiro el polvo de los muebles y enciendo un incienso en el centro del comedor. Por último, limpio el único espejo de pared que hay. El día se ha ido. Lavo mis manos con diferentes jabones, uso un poco de detergente, y para aliviarlas me unto crema. En la noche no puedo dormir, la luna brilla despidiendo un amarillento arco a su alrededor, la nubes degradadas lentamente se desprenden. Un gratificante silencio se sostiene sobre los tejados de carros y casas. Voy al baño y el sonido de mi orina interrumpe la quietud, pienso en ello y regreso a la habitación. Busco un libro, leo un fragmento que me sugiere un ritmo diagonal y lo dejo en el primer punto y aparte. Seducido por el ingenio de quien puso las palabras de esa forma cierro los ojos.

10.18.2023

"diálogo"

—soñé que una planta te tragaba

—¿una planta?

—estábamos en la mitad de un invernadero y la planta más alta estiró su tallo y se elevó sobre ti y como una serpiente te tragó

—¿y luego?

—yo seguí el recorrido y vi venturosas, raspayucos, carboneros, membrillos...

—¿membrillos?

—sí

—nunca los he visto. yo soñé que me cortaba las uñas de los pies sentada en un balde en una terraza inmensa. pasaban muchos aviones y uno voló lo bastante cerca como para aterrizar allí

—ojalá hubiera tenido estos sueños de niño. los habría anotado todos

—¿por qué no los anotas ahora?

—ahora no tiene sentido

—yo escribía cosas en un diario y a veces ponía lo que soñaba

—¿todavía lo tienes?

—no

—a veces me siento hipócrita

—¿por qué?

—porque he dicho cosas que no quería decir

—¿a mí?

—a todo el mundo

—¿también a ti mismo?

—también. ¿tú piensas que somos personas normales?

—no lo creo. hablamos de una manera diferente

—eso mismo pensé. alguien nos puso en la boca lo que decimos y creemos que es nuestro

—a veces nos reímos

—quizás eso sea lo único "no falso"... ¡ves! cómo que "no falso"


Un diálogo que enmarca una posible escena de una historia. ¿Quiénes hablan aquí? ¿Están recién despiertos? ¿Dónde está la escena? No podemos asegurar nada porque el diálogo parece que terminó. Lo único que podemos hacer ahora es mirar la imagen que está a continuación y preferiblemente no pensar en nada más. 







10.07.2023

Brilladora Electrolux

Un hombre aproximadamente de 60 años se subió en el bus. Vestía un traje azul con una corbata roja de franjas blancas. Llevaba el pelo hacia atrás y tenía un tupido bigote. Tenía, además, una brilladora Electrolux color beige. Otro hombre, que ya estaba en el bus, le ayudó a pasarla por encima de la registradora. Unas calles más adelante el hombre de traje encontró un asiento libre y se acomodó y entre sus piernas abiertas puso la brilladora. Viajó junto al armatoste agarrado al manubrio. Eran las 10 de la mañana y el clima era fresco. A comparación de otros días el tráfico andaba a buen ritmo. Un avión sonó, iba en dirección contraria, y de nuevo apoyé mi cabeza en la ventana. 

9.29.2023

Emmanuel y Luciana II

Emmanuel era delicado, o eso expresaba con sus teatrales movimientos y sus manos largas y delgadas. Luciana era espontánea y su cuerpo y postura sugerían una gran seguridad de sí misma. Una tarde, sentados en una cafetería, Luciana habló de su padre y le contó la manera en la que murió. Primero le confesó que eran muy pocas personas las que sabían, y que por su boca sólo había salido un par de veces aquella historia. Emmanuel escuchó atento y en los intervalos que tuvo la narración de Luciana por las interrupciones en su forma de hablar, Emmanuel se pasaba una de sus manos por la cara y soltaba una locución de sorpresa o intriga alentando a Luciana a seguir hablando. Los detalles de una muerte truculenta extendieron la afinidad entre los dos. Aunque para él la historia de Luciana se adhirió más allá de la intimidad y la confianza. Soñó con aquel hombre. Días después ella le enseñó varias fotografías de su padre y Emmanuel consiguió contener la cara y la voz asombrada al ver que era tal como había aparecido en sus sueños.

Luciana y Emmanuel de nuevo aparecen de una manera singular. Los meses compartidos han configurado una novedosa percepción de ellos encima del planeta, o por lo menos, encima de las calles que habitualmente recorren. Ella mantiene su ligereza y él aún no se cura de su circunspección. Una cara apoyada en la otra, la de Emmanuel larga y serena, la de Luciana ancha y despierta, las dos con el mismo infinito gesto de cosquilleo. Se despiden sin muchas consideraciones y el reencuentro sucede sin que ninguno tome un protagonismo excesivo. Permanecen tardes completas en una intensa flojera. Consideran saludable perder de ese modo el tiempo, Emmanuel debió llegar primero a esa conclusión. 


9.03.2023

Lección diaria

Hay palabras que escupo y que trato de evadir para no salpicar. Si debo decirlas intento que salgan rápido y uso mi mano como escudo o sombrilla. Lo peor es que aún no las identifico del todo. Hasta ahora he procurado mantener una higiéne bucal más o menos fructífera. Fructífera palabra salivosa. Mi diagnóstico es el siguiente: la lengua conserva un color saludable, los dientes están opacos, como cortinas que nadie desliza, las encías notablemente manchadas y los labios azules. Allí se aloja el sonido del aire ya húmedo. Además practico algunos ejercicios de vocalización. Anoche fue una plegaria, hoy será una adivinanza. A veces, acostado boca arriba, abro la boca por dos minutos y extiendo lo que más puedo las comisuras, luego la cierro y vuelvo a abrirla por otros dos minutos pero esta vez con la lengua afuera. Parecerá rídiculo pero las palabras se acomodan, surgen distintas, livianas y casi secas; preparadas, como si salieran con su respectiva envoltura listas para ser repartidas. Es arduo intentar no escupir y ser fino. La condición de mi boca tiene algún desperfecto o el problema es anterior, en la laringe. Y debo andar por el mundo con las palabras almacenadas y deberé aprender a sacarlas. Así que me sentaré a tomar mi lección diaria. Conseguiré una mejor dicción y diré cosas claras y oportunas, sin interponer mi mano y parecer menos loco.

8.18.2023

Si te quedas mirando hacia algún punto fijo por un rato puedo adivinar lo que harás a continuación, dónde te rascarás o qué articulación vas a mover. Lo intuyo por algún raro conocimiento que he adquirido contigo. No sucede con cosas importantes. No sé de qué te vas a enfermar o qué cosa buena te pasará. Es como un sentido arácnido de gestos y leves acciones de tu cuerpo, y cada vez lo siento con más frecuencia. Te miro y de paso te estudio y te examino inconscientemente, ¿es eso posible? Cuando duermes anticipo la postura que tomarás y yo me adelanto y me acomodo para anticipar el siguiente movimiento, ¿me crees? 

Me estoy convirtiendo en una sofisticada máquina que recopila datos de tu cuerpo. ¡En un algoritmo!


8.06.2023

Emmanuel y Luciana

En la esquina, bajo la luz de neón, luciendo un muy buen corte de cabello, guardó las manos dentro de los bolsillos de la cazadora. Su nombre habrá sido Emmanuel, así, con doble m, y era alto, y como no podía ser de otra manera, flaco. Traía unos pantalones holgados de bota recta y un cinturón marrón con hebilla plateada, elegante. Miraba a los lados manteniendo una tensa posición, los hombros hacia atrás, la postura inclinada y los pies cruzados. La noche aparecía despejada y de alguna abertura del cielo corría una cálida humedad. La agitación constante de vehículos y personas estimulaban, y por momentos inquietaban, a cualquiera a la espera de algo insólito o sobrecogedor. Emmanuel estiró su cuerpo y llegó a la entrada del bar. En el otro costado de la calle, con ligeros y sonoros pasos y unos brillantes zapatos negros, un pantalón oscuro y con un fino abrigo de cuello alto, avanzaba Luciana. No podía llevar otro nombre. El cabello llegaba hasta sus menudos hombros y el pelo que se le instalaba en su cara en forma de churco por la brisa acentuaba su belleza.

Se encontraron, se estrecharon las manos y doblaron la esquina iluminada. Caminaron juntos llevando el ritmo de una divertida y tierna melodía, que si los apartabas de la noche y la trepidante ciudad y los lanzabas a un escenario distinto, en cualquier otro lugar, podrían haber protagonizado un momento estelar de humor y fácilmente hubiésemos estallado de hilaridad. A Emmanuel y a Luciana además del movimiento de sus piernas, los unía una vara, por decirlo de alguna manera, atravesada desde el brazo derecho de él hasta el brazo izquierdo de ella, y nadie podía ver cómo de esta vara colgaban un par de castañuelas en el interior de cada uno. Sin duda era extraño aquel vínculo, extraño por lo menos por la forma de manifestarse. Introducidos en el centro de la ciudad, se conocieron. Y hablaron de animales, de toda clase de bebidas, y por supuesto de ropa y accesorios, y al final se compartieron una que otra sabia enseñanza. Dichosos ellos.



7.30.2023

Pizza

—¿a qué edad empezaste a mirar hacia el pasado?

—he estado mirando hacia atrás desde hace mucho tiempo.

—claro. pero, ¿en qué momento te diste cuenta que había algo lejano que ya no volverías a sentir?

—no tengo ni idea. quizás cuando perdí mi primer diente, yo qué sé...

—bueno, bueno... pero piénsalo, ¿no es natural que en algún momento de la vida sientas algo así?

—no sé.

—recuerdo un concierto al que fui: Arcade Fire. en ese entonces me parecían espléndidos. el concierto se acabó y volví a casa, y apenas entré sentí un escalofrío, una sacudida gélida y luego me largué a llorar, como un chiquillo. era absurdo, estaba inconsolable, como si hacía un rato hubiese vivido una tragedia, y no, solo había visto a mi banda favorita.

—qué raro. seguro el concierto te dejó sensible.

—sí, fue raro. ¿qué pedirás?

—esta: especial: jamón, salami tipo italiano, pepperoni, champiñón, cebolla y pimentón.

—yo iba a pedir esa.

—pide otra, se pueden elegir dos sabores.

—ranchera.

—¿y de tomar?

—el mar





7.22.2023

La matera

Tristísimo apoyaba los codos sobre el escritorio sosteniendo su acongojada cabeza. Frente a la pared cerraba los ojos y a veces miraba hacia atrás, bajo la ventana de la sala, en donde estaba la maceta rota y la planta bajo tierra. Habían pasado menos de diez minutos desde que ocurrió el incidente. Era sencillo el plan. Abrir la ventana, poner la maceta sobre la butaca, limpiar con un trapo húmedo las hojas y esperar. Algo cambió en su manera rutinaria de proceder, hizo algo ínfimo que alteró el plan y la maceta terminó en el piso. La maceta que su querida tía le regaló la última vez que lo visitó ahora estaba destrozada. ¡No es el fin del mundo! Pensamos todos. Él ocultaba la cara respirando pesadamente. Sabe que no es grave, que no es el acabóse. La planta sobrevivirá en otra maceta, de hecho ya la tiene bajo el lavadero, la compró justo antes del obsequio de su tía. Tendrá que cambiar la tierra y seguramente la nueva tierra le sentará muy bien, aprovechará incluso para añadirle algún suplemento que nutra más a la planta y luzca regia. Sólo es trasplantarla a esa otra maceta, limpiar el reguero y tener más cuidado la próxima vez. El plan sigue siendo sencillo. Él lo entiende y lo ve de la misma manera. La razón por la que sigue sentando frente al escritorio con la cara escondida, no se debe a que sea alguien sumamente sensible, tampoco a que el incidente lo haya inquietado trascendentalmente, sólo necesita mantener un rato más esa posición, y reprocharse de nuevo lo sucedido, lo necesita para continuar el día.