6.15.2025

Aparezco sentado, de nuevo apretando los dientes. Ya presiento el dolor de cabeza, ya siento la rigidez en el cuello. Escuché lo que dijiste, las pausas que diste, las vacilaciones. Te miré rápidamente para no hacer más incómodo el momento. Y seguimos caminando por el parque solitario.

Ya solo, sentado, pienso de nuevo en eso. También pienso en lo que me han dicho. La cabeza se me cae, el peso la hunde. Y pienso y vuelvo a pensar interminablemente, y creo tener una única certeza en toda mi vida: cada vez se me hacen más pequeños los ojos.


2.03.2025

he tenido que ausentarme por unos días

discúlpame que te avise tan tarde pero todo se ha tornado urgente. desde los días que podíamos bebernos un café con tanta naturalidad hasta estos días afanosos y fugaces han cambiado muchas cosas. pareciera que ahora viviéramos en otro país. volveré pronto, de todas maneras alcancé a dejar todo organizado. por ejemplo, vacié todas las cremas y lociones. fue sobretodo tedioso lograr vaciar el bloqueador solar, terminé untándolo repetidas veces sobre piernas y muslos porque mi cara quedó lo bastante blanca como para hacer reír a cualquiera. el shampoo anticaspa también lo desocupé. limpié la cocina y junté todos los granos de las legumbres en la misma bolsa transparente. en la nevera dejé huevos y botellas de agua y como me llevo al gato también guardé su tazón de comida. no me gusta salir así. es fácil olvidar cosas en ese estado de apuro. hasta hace poco noté que uno de mis zapatos estaba sin cordón, no sé qué más cosas habré olvidado.


sé paciente


vienen días maravillosos. ojalá el café abunde y el té no se acabe tan pronto. el día a día se tornará azaroso. este país no da descanso. es una costra infinita que aunque no la levantes, la herida se asoma, se estremece la carne pálida. hay que conservar fuerzas y no contener el dolor porque el dolor es profundo pero no constante. hay que aprender a controlar lo que más se pueda ese inconsciente castañeteo de los dientes.

hace unos días al cumplir años me vi inmerso en una de esas "crisis" de la edad. lo bueno es que no duró mucho tiempo y sólo se me ocurrieron ideas ridículas como hacerme un tatuaje en la oreja o ponerme un arete. no hice ninguna de las dos afortunadamente.


por último


amo esta canción. lo digo sin rubor porque continuamente evito catalogar ciertos gustos, pasiones o inclinaciones con esa medida. es más una turbación por el uso superficial de la palabra, aunque para definir mi afición por esta canción es justa. según spotify fue la segunda canción que más escuché el año pasado, de la número uno ya me referí en pasadas entradas. para ser breve debo confesar que todo el concepto del tema, el beat, la letra, la manera de rapear de n-wise e incluso el videoclip, es una representación de mí mismo. ¡hasta esa altura la considero! lo más poderoso que me produce es que me sumerge en un estado de introspección, de confianza, de melancolía y de orgullo a la vez, en una amalgama de sensaciones que me conectan con lo que creo que soy. entonces si la próxima vez que nos encontremos ves que llevo puesta una gorra new ballance reconocerás la referencia. 




1.16.2025

Reconocer un poema

Llegaron y se acomodaron en los asientos correspondientes. La película hacía diez minutos había empezado, no era grave perderse diez minutos de una película que duraba casi tres horas. Pero ocurrió que en la planta de su pie izquierdo, en la curvatura del talón, un dolor punzante y continuo apareció. Algo debió activarlo. La película era un reestreno y todos los espectadores no podían estar más emocionados, remasterizada, en una sala adecuada para ese tipo de films, en una pantalla tres veces más grande que las tradicionales y con un sistema de audio sumamente envolvente, perfecto. Los asientos que eligieron de primera: los del medio en la fila h, los mejores de la sala y por supuesto, en la proyección de la noche, cuando la pasaban en el idioma original. 

Su pie seguía sumido bajo un intenso dolor pero no dejó de ver la pantalla. Las imágenes eran potentes. La música, mística. El momento no merecía aquel dolor. No dejaba de ser extraño experimentar un dolor de aquellas proporciones en esa parte del cuerpo. Lo soportaba y a lo sumo hacía alguna mueca y uno que otro pobre estiramiento. En una parte de la película una voz convincente recita un poema de Dylan Thomas, pero no lo cita, no se cita ahí ni tampoco después. Reconoció el poema y a su autor y se lo dijo secretamente a su acompañante porque realmente lo tomó por sorpresa y de paso lo emocionó. Qué ser tan especial se sentía al reconocer un poema. Sonrió porque expuso su conocimiento y aunque no volteó para ver la expresión de quien estaba a su lado, intuyó que fue de fascinación. 

Todavía quedaban dos horas de película y el dolor fue disminuyendo.

1.05.2025

Una década

El tiempo de los duelos se asoma como un temblor, como una enfermedad que se descubre por casualidad. Es una línea temporal difícil de percibir, inexplicable, que cuando se logra identificar es cuando toma magnitudes absolutamente inesperadas. Da miedo, o por lo menos un extraño reparo, reconocer esas dimensiones porque simplemente no las entendemos. Entonces escribir vuelve a ser el medio para transitar y reflexionar sobre aquello que nos supera. Y así voy dando vueltas, intentando asimilar un dato que para una gran parte de mí es imposible: ha pasado una década desde la partida de mi padre. He ahí la fuente del temblor y de encontrarme anonadado por advertir el paso de ese otro tiempo. Fue también un aviso que me inquietó, una alerta o un llamado a detenerme, a pensar en quién era yo hace diez o más años, en cómo habitaba el mundo y cómo vivía los días. Junto a ese apareció otro aviso atronador, incómodo, y es que cada vez estoy más cerca de superar los años que compartí con mi padre. Y es imposible para una parte de mí porque se torna complejo darme cuenta de que lo extraño, ese profundo sentimiento de anhelar que esté a mi lado ha menguado o se ha mezclado con otro tipo de sentimiento más discreto, aunque mi memoria me mueva a recordarlo y la imaginación se pregunte cómo habría sido estar todavía junto a él. Pero al escribir estas cosas que parecen emerger desde la melancolía me doy cuenta de que no es solo expresar pena por su ausencia, es una reflexión ligada a la percepción del tiempo, a esa medida del tiempo irreal. 

Diez años sin su presencia es un número concreto, un porcentaje considerable en el trasegar de cualquier persona, además, es una tercera parte de mi vida. Son datos que inevitablemente hacen ruido en mi cabeza, aguijonean, alteran esa parte de mí que no termina de equiparar ese número con la realidad o con el tiempo “medible”. Y al seguir dando vueltas y pensando, tengo que ceder a esa parte de mí y a esta otra que intenta calcular con números lo incalculable. Regreso todo lo posible a mis primeros recuerdos, lo más atrás en mi memoria, o lo más atrás que puedo llegar a ella desde mi consciencia. Desciendo lentamente a cuando tenía cuatro o cinco años, es allí donde alcanzo a penetrar, no son imágenes relevantes, o al menos no las considero así, son escenas sencillas, rápidas y no muy claras, apenas fragmentos, miniaturas. Diez sin duda son muchos años. Luego serán veinte, luego quizás treinta… El mar se alejará de la orilla cada cierto tiempo, su oleaje no siempre será el mismo, los intervalos cambian y cambiarán, la intensidad se alterará por condiciones ambientales o climáticas. Seguiré guiándome con la figura que se crea en mi interior, conformada por recuerdos y por imágenes y relatos, mi padre seguirá intacto, su nombre, su cuerpo, su voz, sus ojos titilarán levemente, no sé hasta cuándo. 



6.23.2024

A media noche abrí los ojos. El silencio de la habitación era inusual. Me quedé mirando hacia la puerta esperando que algo sucediera. Ningún pensamiento se consolidaba. Mi cuerpo conservaba una especie de ilusión. Qué ternura me da pensar de ese modo. Imaginé mi ilusión como si tuviera la forma de un pescado, una mojarra, en mi vientre. Ah, qué imaginativo fui, en la oscuridad. Y me conformé con aquel pensamiento aunque estuve despierto casi hasta la madrugada.


5.30.2024

Recuerdo viajar en bus con papá, lo recuerdo porque esa imagen en ocasiones aparece como si fuera la escena de una película. Aparezco en el asiento de la ventana y mi padre aparece a mi lado. Es un bus antiguo, grande, verde y con el techo blanco, de esos buses que tenían las sillas y los pasamanos de hierro y que en el respaldo de la cabina del conductor brillaba una inmensa calcomanía del escudo de algún equipo de fútbol. El sol ya empezaba a caer. No recuerdo hacia dónde nos dirigíamos, seguramente íbamos a una cita médica. La imagen aparece con intensidad porque era inusual que él tomara un transporte diferente al de su querida y aparatosa motocicleta. Me gusta recordar estar junto a papá sentados en el bus porque de repente actuaba como un payaso, como el hombre más extrovertido de todos, y sin ningún reparo gritaba o hacía ruidos absurdos y ridículos. Lograba hacerme reír con facilidad y al ver mi risa se llenaba de más confianza, la desfachatez se apoderaba completamente de él y mantenía su acto hasta que inevitablemente se volvía repetitivo, perdía la gracia y daba vergüenza. Y aquello tan tonto, espontáneo y sin sentido duraba pocos minutos, y ocurrió hace tantos años, ocurrió para que yo ahora, o en cualquier momento, repentinamente lo recuerde y me despierte una sosegada alegría o una inesperada lágrima. 

12.21.2023

Aftersun

Traga saliva una y otra vez hasta que tomes un poco de agua y por fin humedezcas los labios. Lo más probable es que seguirás tragando saliva porque la sensación no se irá del todo. De alguna manera es un intento de explicar lo que supone ver una vez más Aftersun. Como si no se hubiera ya dicho bastante, tuve la necesidad de verla para escribir inmediatamente después. En esta ocasión la uso para remover algo dentro y hacer aparecer emociones y palabras. Y fácilmente funciona aunque no podría haberlo hecho cuando la vi por primera vez, aun así cuesta trabajo poner ese flujo de emociones que vienen y van en algo concreto. Necesitas otro sorbo de agua y observar el mar, necesitas beber agua mientras contemplas agua para de a poco intentar asimilar lo abisal. Al ser una película tan celebrada es natural que la estimación sobre ella se contagie y se recalquen continuamente sus triunfos. Puedes reconocerlo, añadiendo que hace solamente un año se estrenó y que su repercusión se mantiene con notable fuerza. Lo valioso, o lo más valioso, es no poder evitar el apuro de expresarte tú mismo, de señalar algo con tus propias palabras. Por eso casi que da igual la gran cantidad de comentarios que ya se hayan hecho, es el zumbido que todavía resuena en tu cabeza o la salivación excesiva de la que no te puedes librar lo que te inquieta y verdaderamente te importa indagar. Por ejemplo, la escena en la que Calum compra una bellísima alfombra persa. ¿No crees que con el contraste fugaz e intenso que se muestra de la vida de Sophie adulta y en el que brevemente aparece la alfombra de su padre nos sirva para revelar con algún acierto nuestro sentir? Pienso, ya que al buscar mis palabras, encuentro confortable ceder a desproporciones, en aquella alfombra persa como el "rosebud" de El ciudadano Kane. Aftersun es una idea preciosa, una creación definitiva, llevada a cabo con una espontaneidad conmovedora y valiente. Y estarás de acuerdo que su admiración está concentrada en la imagen trágica que finalmente se consolida, en su final, the last dance; es solo hasta ese momento en el que también se termina de formar en nosotros la dolorosa intuición. En la terquedad de intentar hallar cualquier cosa desde mi posición, aunque no tenga nada de relevante, quiero repetir que la idea de Aftersun es bellísima y se revalida por lo que soportamos como espectadores, pero lo es sobre todo por la mirada de su creadora al atreverse a recuperar una vida, no la vida de su padre, sino la vida de ella misma, al renovar su recuerdo y conseguir trascenderlo.



   

11.29.2023

El asombro era mi luz

Mi abuela hacía las mejores papas fritas del mundo. Por aquel entonces no había probado gran cantidad de papas fritas y carecía de experiencia y conocimiento para expresar una sentencia de esa dimensión. Sin duda era prudente y conocía mis limitaciones, pero parecía atento e identificaba las cosas relevantes casi al instante. Había seguridad en mi percepción. Me detenía pacientemente a hurgar en el incipiente juicio que iba formando de las cosas. Como un investigador, observaba aquellas papas en el recipiente en el que permanecían mientras se terminaba de cocinar lo demás. Si tenía suerte podía comer una antes de que sirvieran y comprobar su exquisitez primero que todos. En esos años solía anticiparme. Podía determinar un gusto de inmediato. Las papas fritas de mi abuela iluminaban mi cara, me asombraba tener siquiera una en mi mano y degustarla con lentitud. Condensar el temor, apaciguar la ansiedad y controlar el arrobamiento era necesario para desmarcarme de los cervatillos de los que frecuentemente estaba rodeado. No quiero ser malinterpretado con la idea de que me creía superior, pero había algo certero en mi mirada que no puedo ignorar. Las cosas sonaban por doquier y mis sentidos parecían siempre abiertos a descifrarlas. El dolor era otra cosa más que sólo podía estimularme. Intuitivo, descubría dónde poner mi atención. Las papas fritas de mi abuela fue la prueba más decisiva para sentirme confiado y optimista del intenso porvenir.




11.18.2023

Emmanuel y Luciana III

Una duda apresó a Emmanuel cuando despertó en la madrugada, con la cabeza entumecida como si hubiese pasado la noche fuera de casa, lejos de su cuerpo, desprotegida. Escuchó los primeros brotes de la mañana. Se deshizo de cobijas y contempló sus piernas esperando que las próximas sensaciones iniciaran desde la punta de sus pies. Inmediatamente recordó que en inglés hay una sola palabra para referirse a los dedos de los pies. Su cabeza estaba más liviana, una chimenea con poco humo; debió verse en el espejo pero se asomó a la ventana y respiró las sobras de los autos. Luciana dormía espléndida en otra casa. Algún suave tamborileo sonaba en su interior que la hacía lucir sumamente complacida. Al despertar, motivada y plácida, sacudió su cuerpo como si tuviera cientos de insectos adheridos a su pijama. Se cepilló los dientes y con una envidiable delicadeza se lavó la cara. 

Se cumplía otro año de la muerte de su padre. Junto a su hermana y madre visitarían la tumba, pondrían flores y quitarían la maleza. La compañía de Emmanuel la alentaba y aquella mañana poco se conmovió. Emmanuel, dado a las circunstancias, se vistió con un pantalón de dril negro y un buzo negro de cuello tortuga que casi no usaba. Luciana estaba con un vestido azul del que resaltaban las líneas plateadas y finas en los hombros y del doblez de la falda. Bajo los árboles del cementerio Emmanuel se sintió poco espiritual. Caminaba detrás de las tres mujeres, disperso, deseando la hora de quitarse el buzo en el que estaba atrapado. Delante de la tumba Luciana apretó la sudorosa mano de Emmanuel y observaron las flores que habían puesto sobre la lápida acostada. Regresaron juntos, sus pasos eran delicados como si pisaran otro tipo de tierra, discretos y coordinados en medio del cementerio. Emmanuel, aturdido desde la madrugada, escondiendo una expresión displicente, se sacudió el pelo buscando entre ese revoltijo algo concreto qué pensar o decir mientras Luciana caía cada vez más en un inevitable ensimismamiento.

11.10.2023

Aruarian Dance

Una intrincada conexión me afanó en la mañana y fue la de precisar el origen de una alegría. Al primer acercamiento que recurre mi memoria sucede en la adolescencia, cuando duraba hasta la madrugada en el computador de escritorio intentando leer todas las páginas que había guardado durante la semana, pero que escudriñaba a gusto solamente cuando no tenía que ir al otro día al colegio. En la esquina donde quedaba el mueble, al lado de la ventana por la que entraba en diagonal la luz amarillenta del poste, estaba sentado frente al computador. Teníamos que turnarnos con mis hermanos e incluso a veces con papá que sólo lo utilizaba para jugar al Solitario. Allí leía, los ojos cristalinos y los audífonos puestos, porque aunque fuera de noche y los ruidos hubieran disminuido, a toda hora permanecía el zumbido de un televisor. Me acostumbré a leer con música porque era el único silencio posible. No fue fácil hallarlo, pero lo hallé en el 2011, un año después de su muerte. Seguramente su muerte consiguió que quienes ya lo escuchaban se volcaran estremecidos hacia su discreta figura y la repercusión de ese inabarcable pesar apareciera en algún sitio de mi navegación nocturna, y de ahí no pude jamás salir. Ni el auténtico silencio lo reemplazó, lo preferí y se adhirió profundamente a mí. Ocurrió entonces que ya no podía leer sin él, o por lo menos no de la misma manera, ni siquiera leyendo en mi habitación. Había un silencio en especial, un loop que me mantenía concentrado y que quizás se convertiría en la melodía que más veces oiría en mi vida: aruarian dance. Versiones extendidas empezaron a aparecer y eso probaba que no era el único que estaba loco por prolongarla. Ya no sólo para lograr concentrarme, sino para estar, para sobrellevar la inquietante adolescencia. No tardé en descubrir que esa música también había aparecido en mi niñez, cuando vi Samurai Champloo, un fascinante y anacrónico anime que pasaban a media noche, en donde la banda sonora fue completada con su música. Y supongo que así surgió, que cuando niño aquella música se incrustó y cuando la hallé de nuevo de alguna manera la reconocí, porque era algo que giraba y giraba elevándose, y seguirá girando.






10.27.2023

Ritmo diagonal

Limpio la casa, deshago telarañas y nidos, barro cucarachas y pelos. Ordeno toda la basura en una fila de bolsas por el pasillo. Aspiro el polvo de los muebles y enciendo un incienso en el centro del comedor. Por último, limpio el único espejo de pared que hay. El día se ha ido. Lavo mis manos con diferentes jabones, uso un poco de detergente, y para aliviarlas me unto crema. En la noche no puedo dormir, la luna brilla despidiendo un amarillento arco a su alrededor, la nubes degradadas lentamente se desprenden. Un gratificante silencio se sostiene sobre los tejados de carros y casas. Voy al baño y el sonido de mi orina interrumpe la quietud, pienso en ello y regreso a la habitación. Busco un libro, leo un fragmento que me sugiere un ritmo diagonal y lo dejo en el primer punto y aparte. Seducido por el ingenio de quien puso las palabras de esa forma cierro los ojos.

10.18.2023

"diálogo"

—soñé que una planta te tragaba

—¿una planta?

—estábamos en la mitad de un invernadero y la planta más alta estiró su tallo y se elevó sobre ti y como una serpiente te tragó

—¿y luego?

—yo seguí el recorrido y vi venturosas, raspayucos, carboneros, membrillos...

—¿membrillos?

—sí

—nunca los he visto. yo soñé que me cortaba las uñas de los pies sentada en un balde en una terraza inmensa. pasaban muchos aviones y uno voló lo bastante cerca como para aterrizar allí

—ojalá hubiera tenido estos sueños de niño. los habría anotado todos

—¿por qué no los anotas ahora?

—ahora no tiene sentido

—yo escribía cosas en un diario y a veces ponía lo que soñaba

—¿todavía lo tienes?

—no

—a veces me siento hipócrita

—¿por qué?

—porque he dicho cosas que no quería decir

—¿a mí?

—a todo el mundo

—¿también a ti mismo?

—también. ¿tú piensas que somos personas normales?

—no lo creo. hablamos de una manera diferente

—eso mismo pensé. alguien nos puso en la boca lo que decimos y creemos que es nuestro

—a veces nos reímos

—quizás eso sea lo único "no falso"... ¡ves! cómo que "no falso"


Un diálogo que enmarca una posible escena de una historia. ¿Quiénes hablan aquí? ¿Están recién despiertos? ¿Dónde está la escena? No podemos asegurar nada porque el diálogo parece que terminó. Lo único que podemos hacer ahora es mirar la imagen que está a continuación y preferiblemente no pensar en nada más. 







10.07.2023

Brilladora Electrolux

Un hombre aproximadamente de 60 años se subió en el bus. Vestía un traje azul con una corbata roja de franjas blancas. Llevaba el pelo hacia atrás y tenía un tupido bigote. Tenía, además, una brilladora Electrolux color beige. Otro hombre, que ya estaba en el bus, le ayudó a pasarla por encima de la registradora. Unas calles más adelante el hombre de traje encontró un asiento libre y se acomodó y entre sus piernas abiertas puso la brilladora. Viajó junto al armatoste agarrado al manubrio. Eran las 10 de la mañana y el clima era fresco. A comparación de otros días el tráfico andaba a buen ritmo. Un avión sonó, iba en dirección contraria, y de nuevo apoyé mi cabeza en la ventana.