8.22.2020

Algo debía hacer

La oscuridad me absorbía con una imperceptible sutileza. Reconocer su atracción era lo más aconsejable. Entender el poder que no emerge de la fuerza era empezar a transitar un largo camino hacia la propia insignificancia. Deleitarse con las luces intermitentes y dispersas en el aire templado, seguir vigilante el rastro de una, verla subir, luego descender, vibrar y finalmente sucumbir ante la nada. Morir con ella a las puertas de la noche, sin desprenderse del cuerpo, sin dejar de ver ni de respirar, pero con una lejana conciencia de nuestro propio vacío. Por dentro parecerá un cielo desolado, aunque sea sólo una ausencia, una presencia deshabitada y sin profundidad. 

Quedará algo, que es lo único que ha resistido bajo las lluvias de flechas y bombas de todas las guerras, algo sin volumen, casi transparente. El recuerdo de un acontecimiento. La acción repetitiva de un movimiento minúsculo e involuntario. El mismo movimiento que trastoca a cada hombre y a cada mujer. Como un sueño inabarcable racionado en millones de animales. Como el suspiro de un volcán.