7.22.2023
La matera
Tristísimo apoyaba los codos sobre el escritorio sosteniendo su acongojada cabeza. Frente a la pared cerraba los ojos y a veces miraba hacia atrás, bajo la ventana de la sala, en donde estaba la maceta rota y la planta bajo tierra. Habían pasado menos de diez minutos desde que ocurrió el incidente. Era sencillo el plan. Abrir la ventana, poner la maceta sobre la butaca, limpiar con un trapo húmedo las hojas y esperar. Algo cambió en su manera rutinaria de proceder, hizo algo ínfimo que alteró el plan y la maceta terminó en el piso. La maceta que su querida tía le regaló la última vez que lo visitó ahora estaba destrozada. ¡No es el fin del mundo! Pensamos todos. Él ocultaba la cara respirando pesadamente. Sabe que no es grave, que no es el acabóse. La planta sobrevivirá en otra maceta, de hecho ya la tiene bajo el lavadero, la compró justo antes del obsequio de su tía. Tendrá que cambiar la tierra y seguramente la nueva tierra le sentará muy bien, aprovechará incluso para añadirle algún suplemento que nutra más a la planta y luzca regia. Sólo es trasplantarla a esa otra maceta, limpiar el reguero y tener más cuidado la próxima vez. El plan sigue siendo sencillo. Él lo entiende y lo ve de la misma manera. La razón por la que sigue sentando frente al escritorio con la cara escondida, no se debe a que sea alguien sumamente sensible, tampoco a que el incidente lo haya inquietado trascendentalmente, sólo necesita mantener un rato más esa posición, y reprocharse de nuevo lo sucedido, lo necesita para continuar el día.
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