6.23.2024

A media noche abrí los ojos. El silencio de la habitación era inusual. Me quedé mirando hacia la puerta esperando que algo sucediera. Ningún pensamiento se consolidaba. Mi cuerpo conservaba una especie de ilusión. Qué ternura me da pensar de ese modo. Imaginé mi ilusión como si tuviera la forma de un pescado, una mojarra, en mi vientre. Ah, qué imaginativo fui, en la oscuridad. Y me conformé con aquel pensamiento aunque estuve despierto casi hasta la madrugada.


5.30.2024

Recuerdo viajar en bus con papá, lo recuerdo porque esa imagen en ocasiones aparece como si fuera la escena de una película. Aparezco en el asiento de la ventana y mi padre aparece a mi lado. Es un bus antiguo, grande, verde y con el techo blanco, de esos buses que tenían las sillas y los pasamanos de hierro y que en el respaldo de la cabina del conductor brillaba una inmensa calcomanía del escudo de algún equipo de fútbol. El sol ya empezaba a caer. No recuerdo hacia dónde nos dirigíamos, seguramente íbamos a una cita médica. La imagen aparece con intensidad porque era inusual que él tomara un transporte diferente al de su querida y aparatosa motocicleta. Me gusta recordar estar junto a papá sentados en el bus porque de repente actuaba como un payaso, como el hombre más extrovertido de todos, y sin ningún reparo gritaba o hacía ruidos absurdos y ridículos. Lograba hacerme reír con facilidad y al ver mi risa se llenaba de más confianza, la desfachatez se apoderaba completamente de él y mantenía su acto hasta que inevitablemente se volvía repetitivo, perdía la gracia y daba vergüenza. Y aquello tan tonto, espontáneo y sin sentido duraba pocos minutos, y ocurrió hace tantos años, ocurrió para que yo ahora, o en cualquier momento, repentinamente lo recuerde y me despierte una sosegada alegría o una inesperada lágrima.