Una duda apresó a Emmanuel cuando despertó en la madrugada, con la cabeza entumecida como si hubiese pasado la noche fuera de casa, lejos de su cuerpo, desprotegida. Escuchó los primeros brotes de la mañana. Se deshizo de cobijas y contempló sus piernas esperando que las próximas sensaciones iniciaran desde la punta de sus pies. Inmediatamente recordó que en inglés hay una sola palabra para referirse a los dedos de los pies. Su cabeza estaba más liviana, una chimenea con poco humo; debió verse en el espejo pero se asomó a la ventana y respiró las sobras de los autos. Luciana dormía espléndida en otra casa. Algún suave tamborileo sonaba en su interior que la hacía lucir sumamente complacida. Al despertar, motivada y plácida, sacudió su cuerpo como si tuviera cientos de insectos adheridos a su pijama. Se cepilló los dientes y con una envidiable delicadeza se lavó la cara.
Se cumplía otro año de la muerte de su padre. Junto a su hermana y madre visitarían la tumba, pondrían flores y quitarían la maleza. La compañía de Emmanuel la alentaba y aquella mañana poco se conmovió. Emmanuel, dado a las circunstancias, se vistió con un pantalón de dril negro y un buzo negro de cuello tortuga que casi no usaba. Luciana estaba con un vestido azul del que resaltaban las líneas plateadas y finas en los hombros y del doblez de la falda. Bajo los árboles del cementerio Emmanuel se sintió poco espiritual. Caminaba detrás de las tres mujeres, disperso, deseando la hora de quitarse el buzo en el que estaba atrapado. Delante de la tumba Luciana apretó la sudorosa mano de Emmanuel y observaron las flores que habían puesto sobre la lápida acostada. Regresaron juntos, sus pasos eran delicados como si pisaran otro tipo de tierra, discretos y coordinados en medio del cementerio. Emmanuel, aturdido desde la madrugada, escondiendo una expresión displicente, se sacudió el pelo buscando entre ese revoltijo algo concreto qué pensar o decir mientras Luciana caía cada vez más en un inevitable ensimismamiento.
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