11.29.2023

El asombro era mi luz

Mi abuela hacía las mejores papas fritas del mundo. Por aquel entonces no había probado gran cantidad de papas fritas y carecía de experiencia y conocimiento para expresar una sentencia de esa dimensión. Sin duda era prudente y conocía mis limitaciones, pero parecía atento e identificaba las cosas relevantes casi al instante. Había seguridad en mi percepción. Me detenía pacientemente a hurgar en el incipiente juicio que iba formando de las cosas. Como un investigador, observaba aquellas papas en el recipiente en el que permanecían mientras se terminaba de cocinar lo demás. Si tenía suerte podía comer una antes de que sirvieran y comprobar su exquisitez primero que todos. En esos años solía anticiparme. Podía determinar un gusto de inmediato. Las papas fritas de mi abuela iluminaban mi cara, me asombraba tener siquiera una en mi mano y degustarla con lentitud. Condensar el temor, apaciguar la ansiedad y controlar el arrobamiento era necesario para desmarcarme de los cervatillos de los que frecuentemente estaba rodeado. No quiero ser malinterpretado con la idea de que me creía superior, pero había algo certero en mi mirada que no puedo ignorar. Las cosas sonaban por doquier y mis sentidos parecían siempre abiertos a descifrarlas. El dolor era otra cosa más que sólo podía estimularme. Intuitivo, descubría dónde poner mi atención. Las papas fritas de mi abuela fue la prueba más decisiva para sentirme confiado y optimista del intenso porvenir.




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