Entre
todas las cosas que me han sucedido de repente me abatió una imperiosa
necesidad por escribir específicamente de una. Y es que este peculiar apuro
resultó en el momento menos esperado. No le quiero dar tintes de misterio a
este asunto ya que a nadie le importará, o por lo menos no a quienes saben
aprovechar el tiempo, pero debo dar los detalles de ese instante en el cual un extraño
afán, que empezó con una aparición, me acometió con arrebato y casi con locura
cuando me dirigía a casa. Iba sentado en una silla del bus, con los audífonos
puestos, mirando por la ventana empañada, deleitado por ese inmenso placer de
ver pasar carros y casas mientras se oyen toda clase de canciones, que con
facilidad, producen un sin número de impresiones acerca de la vida y hacen
sentir al sosegado pasajero dentro de una película. Cuando, en un tramo
del recorrido, el bus giró por una calle y, como un yunque que se hunde pronto
en el profundo océano, en mi mente descendió la imagen de un brownie con galleta
espolvoreada. Fue tan súbito e inamovible este pensamiento que no pude
deshacerme de él ni leyendo un par de páginas de un prestigioso libro que
siempre cargo en la maleta. Me vi en la obligación de seguir el viaje con aquella
imagen adherida a mi cabeza.
Finalmente
no tuve más remedio que bajarme unas cuadras antes de mi paradero y buscar uno
de esos sitios amarillos que ahora abundan por la ciudad y que indujeron a
muchos a tomar café. Entré con arrojo y pedí aquella extravagante golosina que
me entregaron en una muy pulcra bolsa de papel marrón. Regresé al aire frío, afianzado
a mi bolsita, a comerme el pequeño brownie. Mordisco a mordisco lo
degustaba sin prisa. Masticaba lo que más podía cada pedazo, esperando que en
mi cabeza surgiera alguna explicación del vínculo que me unía a aquel brownie. No
hallaba ninguna conexión ni entendía el arrebato que sentí por probar uno, porque,
si confieso, no era una delicia de la más alta calidad. Su tamaño era el
adecuado, su forma y color provocaban acercar la boca y clavar los dientes con violento apetito. La textura de la galleta triturada destacaba la del bizcocho, sin
embargo, el que me correspondió no traía suficiente galleta como para aplacar del
todo el empalagoso sabor del chocolate. Los últimos trozos me los comí con cierto
hastío, aunque tal vez aquí cometo una ligereza. No todos los motivos por los
que casi no me causó placer los bocados finales deben caer sobre el modesto
pastel, del que ya he dicho bastante, tampoco debo descuidar el relato del que
todos, hasta los menos interesados, esperan que concluya de la manera más ingeniosa
posible.
Desconociendo
la razón de mi efusión al pensar en aquella chuchería y midiendo el
desconcierto que crecía en mi interior al comprobar que no era por su sabor, resulté
caminando por un parque, reflexionando como un niño bajo las ramas de los
árboles, como si se tratara del asunto más importante al que una persona debe enfrentarse en una noche sumamente agradable. Me senté en una silla y encontré en
la maleta un magnifico lápiz con una admirable punta que me impresionó como
nunca antes un lápiz me había impresionado. Empecé a garabatear, extasiado por
una insólita y viva sensación de alegría, las siguientes palabras sobre la
bolsa en la que me habían entregado el brownie:
Bajo las pocas estrellas que alumbran
en el cielo y sentado sobre un banco desde el cual se ve el parque entero, tengo
que dejar esta constancia, porque he sido atravesado por un estímulo fulminante,
del que no he podido librarme. Quizá no lo vuelva a sentir, quizá tampoco halle su origen y quizá basten unos
minutos para que desaparezca su influjo sobre mí, pero estoy seguro que la próxima vez que piense en ese
dulce que hace un rato comía con verdaderas ganas, indudablemente recordaré
este momento y esta extraña sensación de alegría que se mece en mi interior. Por
lo menos tendré la certeza de que alguna vez en mi vida sentí algo tan poderoso
que me hizo desviarme de casa. A partir de esta noche la imagen de ese pequeño
brownie con galleta espolvoreada quedará asociada a los pensamientos más enérgicos
y bellos que un hombre, que tiene la fortuna y la estima de seguir
considerándose joven, puede llegar a tener.
Doblé
la bolsita hasta reducirla a una diminuta hoja, la guardé en el bolsillo y abandoné
el parque.