8.30.2019

Abeja


En la terraza de la casa de mi abuela, una abeja se retorcía en el piso. Se la señalé a mi tío Jorge que en ese momento miraba las calles del barrio.

Mi tío Jorge tiene 64 años y es el mayor de todos. De joven hizo parte de un circo con el que recorrió el país. Luego pasó muchos años conduciendo un taxi. Cuando mi abuela murió, dejó de conducir y se dedicó a cuidar la casa en la que aun ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽es el mayor de todosladad como taxista. Cuando mi abuela muriinal suelocada uno de ellos. ..e alguna conexiar en ellasún se reúne toda la familia. Sabe enchapar, pintar y arreglar cualquier desperfecto.

Mi tío se agachó a coger a la abeja, yo reaccioné, advirtiéndole que tuviera cuidado porque lo podía picar, él se limitó a responder:

¿será?

Y la recogió, la lanzó hacia el cielo y la vimos volar en círculos por entre las cuerdas de la ropa. Mi tío soltó su característica risa ingenua y volvió a mirar las calles del barrio.

Yo me sentí tonto por haberle hecho esa advertencia, y me dije: es obvio que mi tío sabe de estas cosas.

6.28.2019

Brownie con galleta espolvoreada


Entre todas las cosas que me han sucedido de repente me abatió una imperiosa necesidad por escribir específicamente de una. Y es que este peculiar apuro resultó en el momento menos esperado. No le quiero dar tintes de misterio a este asunto ya que a nadie le importará, o por lo menos no a quienes saben aprovechar el tiempo, pero debo dar los detalles de ese instante en el cual un extraño afán, que empezó con una aparición, me acometió con arrebato y casi con locura cuando me dirigía a casa. Iba sentado en una silla del bus, con los audífonos puestos, mirando por la ventana empañada, deleitado por ese inmenso placer de ver pasar carros y casas mientras se oyen toda clase de canciones, que con facilidad, producen un sin número de impresiones acerca de la vida y hacen sentir al sosegado pasajero dentro de una película. Cuando, en un tramo del recorrido, el bus giró por una calle y, como un yunque que se hunde pronto en el profundo océano, en mi mente descendió la imagen de un brownie con galleta espolvoreada. Fue tan súbito e inamovible este pensamiento que no pude deshacerme de él ni leyendo un par de páginas de un prestigioso libro que siempre cargo en la maleta. Me vi en la obligación de seguir el viaje con aquella imagen adherida a mi cabeza.

Finalmente no tuve más remedio que bajarme unas cuadras antes de mi paradero y buscar uno de esos sitios amarillos que ahora abundan por la ciudad y que indujeron a muchos a tomar café. Entré con arrojo y pedí aquella extravagante golosina que me entregaron en una muy pulcra bolsa de papel marrón. Regresé al aire frío, afianzado a mi bolsita, a comerme el pequeño brownie. Mordisco a mordisco lo degustaba sin prisa. Masticaba lo que más podía cada pedazo, esperando que en mi cabeza surgiera alguna explicación del vínculo que me unía a aquel brownie. No hallaba ninguna conexión ni entendía el arrebato que sentí por probar uno, porque, si confieso, no era una delicia de la más alta calidad. Su tamaño era el adecuado, su forma y color provocaban acercar la boca y clavar los dientes con violento apetito. La textura de la galleta triturada destacaba la del bizcocho, sin embargo, el que me correspondió no traía suficiente galleta como para aplacar del todo el empalagoso sabor del chocolate. Los últimos trozos me los comí con cierto hastío, aunque tal vez aquí cometo una ligereza. No todos los motivos por los que casi no me causó placer los bocados finales deben caer sobre el modesto pastel, del que ya he dicho bastante, tampoco debo descuidar el relato del que todos, hasta los menos interesados, esperan que concluya de la manera más ingeniosa posible.   

Desconociendo la razón de mi efusión al pensar en aquella chuchería y midiendo el desconcierto que crecía en mi interior al comprobar que no era por su sabor, resulté caminando por un parque, reflexionando como un niño bajo las ramas de los árboles, como si se tratara del asunto más importante al que una persona debe enfrentarse en una noche sumamente agradable. Me senté en una silla y encontré en la maleta un magnifico lápiz con una admirable punta que me impresionó como nunca antes un lápiz me había impresionado. Empecé a garabatear, extasiado por una insólita y viva sensación de alegría, las siguientes palabras sobre la bolsa en la que me habían entregado el brownie:

Bajo las pocas estrellas que alumbran en el cielo y sentado sobre un banco desde el cual se ve el parque entero, tengo que dejar esta constancia, porque he sido atravesado por un estímulo fulminante, del que no he podido librarme. Quizá no lo vuelva a sentir, quizá tampoco halle su origen y quizá basten unos minutos para que desaparezca su influjo sobre mí, pero estoy seguro que la próxima vez que piense en ese dulce que hace un rato comía con verdaderas ganas, indudablemente recordaré este momento y esta extraña sensación de alegría que se mece en mi interior. Por lo menos tendré la certeza de que alguna vez en mi vida sentí algo tan poderoso que me hizo desviarme de casa. A partir de esta noche la imagen de ese pequeño brownie con galleta espolvoreada quedará asociada a los pensamientos más enérgicos y bellos que un hombre, que tiene la fortuna y la estima de seguir considerándose joven, puede llegar a tener.

Doblé la bolsita hasta reducirla a una diminuta hoja, la guardé en el bolsillo y abandoné el parque.