11.29.2023

El asombro era mi luz

Mi abuela hacía las mejores papas fritas del mundo. Por aquel entonces no había probado gran cantidad de papas fritas y carecía de experiencia y conocimiento para expresar una sentencia de esa dimensión. Sin duda era prudente y conocía mis limitaciones, pero parecía atento e identificaba las cosas relevantes casi al instante. Había seguridad en mi percepción. Me detenía pacientemente a hurgar en el incipiente juicio que iba formando de las cosas. Como un investigador, observaba aquellas papas en el recipiente en el que permanecían mientras se terminaba de cocinar lo demás. Si tenía suerte podía comer una antes de que sirvieran y comprobar su exquisitez primero que todos. En esos años solía anticiparme. Podía determinar un gusto de inmediato. Las papas fritas de mi abuela iluminaban mi cara, me asombraba tener siquiera una en mi mano y degustarla con lentitud. Condensar el temor, apaciguar la ansiedad y controlar el arrobamiento era necesario para desmarcarme de los cervatillos de los que frecuentemente estaba rodeado. No quiero ser malinterpretado con la idea de que me creía superior, pero había algo certero en mi mirada que no puedo ignorar. Las cosas sonaban por doquier y mis sentidos parecían siempre abiertos a descifrarlas. El dolor era otra cosa más que sólo podía estimularme. Intuitivo, descubría dónde poner mi atención. Las papas fritas de mi abuela fue la prueba más decisiva para sentirme confiado y optimista del intenso porvenir.




11.18.2023

Emmanuel y Luciana III

Una duda apresó a Emmanuel cuando despertó en la madrugada, con la cabeza entumecida como si hubiese pasado la noche fuera de casa, lejos de su cuerpo, desprotegida. Escuchó los primeros brotes de la mañana. Se deshizo de cobijas y contempló sus piernas esperando que las próximas sensaciones iniciaran desde la punta de sus pies. Inmediatamente recordó que en inglés hay una sola palabra para referirse a los dedos de los pies. Su cabeza estaba más liviana, una chimenea con poco humo; debió verse en el espejo pero se asomó a la ventana y respiró las sobras de los autos. Luciana dormía espléndida en otra casa. Algún suave tamborileo sonaba en su interior que la hacía lucir sumamente complacida. Al despertar, motivada y plácida, sacudió su cuerpo como si tuviera cientos de insectos adheridos a su pijama. Se cepilló los dientes y con una envidiable delicadeza se lavó la cara. 

Se cumplía otro año de la muerte de su padre. Junto a su hermana y madre visitarían la tumba, pondrían flores y quitarían la maleza. La compañía de Emmanuel la alentaba y aquella mañana poco se conmovió. Emmanuel, dado a las circunstancias, se vistió con un pantalón de dril negro y un buzo negro de cuello tortuga que casi no usaba. Luciana estaba con un vestido azul del que resaltaban las líneas plateadas y finas en los hombros y del doblez de la falda. Bajo los árboles del cementerio Emmanuel se sintió poco espiritual. Caminaba detrás de las tres mujeres, disperso, deseando la hora de quitarse el buzo en el que estaba atrapado. Delante de la tumba Luciana apretó la sudorosa mano de Emmanuel y observaron las flores que habían puesto sobre la lápida acostada. Regresaron juntos, sus pasos eran delicados como si pisaran otro tipo de tierra, discretos y coordinados en medio del cementerio. Emmanuel, aturdido desde la madrugada, escondiendo una expresión displicente, se sacudió el pelo buscando entre ese revoltijo algo concreto qué pensar o decir mientras Luciana caía cada vez más en un inevitable ensimismamiento.

11.10.2023

Aruarian Dance

Una intrincada conexión me afanó en la mañana y fue la de precisar el origen de una alegría. Al primer acercamiento que recurre mi memoria sucede en la adolescencia, cuando duraba hasta la madrugada en el computador de escritorio intentando leer todas las páginas que había guardado durante la semana, pero que escudriñaba a gusto solamente cuando no tenía que ir al otro día al colegio. En la esquina donde quedaba el mueble, al lado de la ventana por la que entraba en diagonal la luz amarillenta del poste, estaba sentado frente al computador. Teníamos que turnarnos con mis hermanos e incluso a veces con papá que sólo lo utilizaba para jugar al Solitario. Allí leía, los ojos cristalinos y los audífonos puestos, porque aunque fuera de noche y los ruidos hubieran disminuido, a toda hora permanecía el zumbido de un televisor. Me acostumbré a leer con música porque era el único silencio posible. No fue fácil hallarlo, pero lo hallé en el 2011, un año después de su muerte. Seguramente su muerte consiguió que quienes ya lo escuchaban se volcaran estremecidos hacia su discreta figura y la repercusión de ese inabarcable pesar apareciera en algún sitio de mi navegación nocturna, y de ahí no pude jamás salir. Ni el auténtico silencio lo reemplazó, lo preferí y se adhirió profundamente a mí. Ocurrió entonces que ya no podía leer sin él, o por lo menos no de la misma manera, ni siquiera leyendo en mi habitación. Había un silencio en especial, un loop que me mantenía concentrado y que quizás se convertiría en la melodía que más veces oiría en mi vida: aruarian dance. Versiones extendidas empezaron a aparecer y eso probaba que no era el único que estaba loco por prolongarla. Ya no sólo para lograr concentrarme, sino para estar, para sobrellevar la inquietante adolescencia. No tardé en descubrir que esa música también había aparecido en mi niñez, cuando vi Samurai Champloo, un fascinante y anacrónico anime que pasaban a media noche, en donde la banda sonora fue completada con su música. Y supongo que así surgió, que cuando niño aquella música se incrustó y cuando la hallé de nuevo de alguna manera la reconocí, porque era algo que giraba y giraba elevándose, y seguirá girando.