1.16.2025

Reconocer un poema

Llegaron y se acomodaron en los asientos correspondientes. La película hacía diez minutos había empezado, no era grave perderse diez minutos de una película que duraba casi tres horas. Pero ocurrió que en la planta de su pie izquierdo, en la curvatura del talón, un dolor punzante y continuo apareció. Algo debió activarlo. La película era un reestreno y todos los espectadores no podían estar más emocionados, remasterizada, en una sala adecuada para ese tipo de films, en una pantalla tres veces más grande que las tradicionales y con un sistema de audio sumamente envolvente, perfecto. Los asientos que eligieron de primera: los del medio en la fila h, los mejores de la sala y por supuesto, en la proyección de la noche, cuando la pasaban en el idioma original. 

Su pie seguía sumido bajo un intenso dolor pero no dejó de ver la pantalla. Las imágenes eran potentes. La música, mística. El momento no merecía aquel dolor. No dejaba de ser extraño experimentar un dolor de aquellas proporciones en esa parte del cuerpo. Lo soportaba y a lo sumo hacía alguna mueca y uno que otro pobre estiramiento. En una parte de la película una voz convincente recita un poema de Dylan Thomas, pero no lo cita, no se cita ahí ni tampoco después. Reconoció el poema y a su autor y se lo dijo secretamente a su acompañante porque realmente lo tomó por sorpresa y de paso lo emocionó. Qué ser tan especial se sentía al reconocer un poema. Sonrió porque expuso su conocimiento y aunque no volteó para ver la expresión de quien estaba a su lado, intuyó que fue de fascinación. 

Todavía quedaban dos horas de película y el dolor fue disminuyendo.

1.05.2025

Una década

El tiempo de los duelos se asoma como un temblor, como una enfermedad que se descubre por casualidad. Es una línea temporal difícil de percibir, inexplicable, que cuando se logra identificar es cuando toma magnitudes absolutamente inesperadas. Da miedo, o por lo menos un extraño reparo, reconocer esas dimensiones porque simplemente no las entendemos. Entonces escribir vuelve a ser el medio para transitar y reflexionar sobre aquello que nos supera. Y así voy dando vueltas, intentando asimilar un dato que para una gran parte de mí es imposible: ha pasado una década desde la partida de mi padre. He ahí la fuente del temblor y de encontrarme anonadado por advertir el paso de ese otro tiempo. Fue también un aviso que me inquietó, una alerta o un llamado a detenerme, a pensar en quién era yo hace diez o más años, en cómo habitaba el mundo y cómo vivía los días. Junto a ese apareció otro aviso atronador, incómodo, y es que cada vez estoy más cerca de superar los años que compartí con mi padre. Y es imposible para una parte de mí porque se torna complejo darme cuenta de que lo extraño, ese profundo sentimiento de anhelar que esté a mi lado ha menguado o se ha mezclado con otro tipo de sentimiento más discreto, aunque mi memoria me mueva a recordarlo y la imaginación se pregunte cómo habría sido estar todavía junto a él. Pero al escribir estas cosas que parecen emerger desde la melancolía me doy cuenta de que no es solo expresar pena por su ausencia, es una reflexión ligada a la percepción del tiempo, a esa medida del tiempo irreal. 

Diez años sin su presencia es un número concreto, un porcentaje considerable en el trasegar de cualquier persona, además, es una tercera parte de mi vida. Son datos que inevitablemente hacen ruido en mi cabeza, aguijonean, alteran esa parte de mí que no termina de equiparar ese número con la realidad o con el tiempo “medible”. Y al seguir dando vueltas y pensando, tengo que ceder a esa parte de mí y a esta otra que intenta calcular con números lo incalculable. Regreso todo lo posible a mis primeros recuerdos, lo más atrás en mi memoria, o lo más atrás que puedo llegar a ella desde mi consciencia. Desciendo lentamente a cuando tenía cuatro o cinco años, es allí donde alcanzo a penetrar, no son imágenes relevantes, o al menos no las considero así, son escenas sencillas, rápidas y no muy claras, apenas fragmentos, miniaturas. Diez sin duda son muchos años. Luego serán veinte, luego quizás treinta… El mar se alejará de la orilla cada cierto tiempo, su oleaje no siempre será el mismo, los intervalos cambian y cambiarán, la intensidad se alterará por condiciones ambientales o climáticas. Seguiré guiándome con la figura que se crea en mi interior, conformada por recuerdos y por imágenes y relatos, mi padre seguirá intacto, su nombre, su cuerpo, su voz, sus ojos titilarán levemente, no sé hasta cuándo.