9.03.2023

Lección diaria

Hay palabras que escupo y que trato de evadir para no salpicar. Si debo decirlas intento que salgan rápido y uso mi mano como escudo o sombrilla. Lo peor es que aún no las identifico del todo. Hasta ahora he procurado mantener una higiéne bucal más o menos fructífera. Fructífera palabra salivosa. Mi diagnóstico es el siguiente: la lengua conserva un color saludable, los dientes están opacos, como cortinas que nadie desliza, las encías notablemente manchadas y los labios azules. Allí se aloja el sonido del aire ya húmedo. Además practico algunos ejercicios de vocalización. Anoche fue una plegaria, hoy será una adivinanza. A veces, acostado boca arriba, abro la boca por dos minutos y extiendo lo que más puedo las comisuras, luego la cierro y vuelvo a abrirla por otros dos minutos pero esta vez con la lengua afuera. Parecerá rídiculo pero las palabras se acomodan, surgen distintas, livianas y casi secas; preparadas, como si salieran con su respectiva envoltura listas para ser repartidas. Es arduo intentar no escupir y ser fino. La condición de mi boca tiene algún desperfecto o el problema es anterior, en la laringe. Y debo andar por el mundo con las palabras almacenadas y deberé aprender a sacarlas. Así que me sentaré a tomar mi lección diaria. Conseguiré una mejor dicción y diré cosas claras y oportunas, sin interponer mi mano y parecer menos loco.

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