1.05.2025

Una década

El tiempo de los duelos se asoma como un temblor, como una enfermedad que se descubre por casualidad. Es una línea temporal difícil de percibir, inexplicable, que cuando se logra identificar es cuando toma magnitudes absolutamente inesperadas. Da miedo, o por lo menos un extraño reparo, reconocer esas dimensiones porque simplemente no las entendemos. Entonces escribir vuelve a ser el medio para transitar y reflexionar sobre aquello que nos supera. Y así voy dando vueltas, intentando asimilar un dato que para una gran parte de mí es imposible: ha pasado una década desde la partida de mi padre. He ahí la fuente del temblor y de encontrarme anonadado por advertir el paso de ese otro tiempo. Fue también un aviso que me inquietó, una alerta o un llamado a detenerme, a pensar en quién era yo hace diez o más años, en cómo habitaba el mundo y cómo vivía los días. Junto a ese apareció otro aviso atronador, incómodo, y es que cada vez estoy más cerca de superar los años que compartí con mi padre. Y es imposible para una parte de mí porque se torna complejo darme cuenta de que lo extraño, ese profundo sentimiento de anhelar que esté a mi lado ha menguado o se ha mezclado con otro tipo de sentimiento más discreto, aunque mi memoria me mueva a recordarlo y la imaginación se pregunte cómo habría sido estar todavía junto a él. Pero al escribir estas cosas que parecen emerger desde la melancolía me doy cuenta de que no es solo expresar pena por su ausencia, es una reflexión ligada a la percepción del tiempo, a esa medida del tiempo irreal. 

Diez años sin su presencia es un número concreto, un porcentaje considerable en el trasegar de cualquier persona, además, es una tercera parte de mi vida. Son datos que inevitablemente hacen ruido en mi cabeza, aguijonean, alteran esa parte de mí que no termina de equiparar ese número con la realidad o con el tiempo “medible”. Y al seguir dando vueltas y pensando, tengo que ceder a esa parte de mí y a esta otra que intenta calcular con números lo incalculable. Regreso todo lo posible a mis primeros recuerdos, lo más atrás en mi memoria, o lo más atrás que puedo llegar a ella desde mi consciencia. Desciendo lentamente a cuando tenía cuatro o cinco años, es allí donde alcanzo a penetrar, no son imágenes relevantes, o al menos no las considero así, son escenas sencillas, rápidas y no muy claras, apenas fragmentos, miniaturas. Diez sin duda son muchos años. Luego serán veinte, luego quizás treinta… El mar se alejará de la orilla cada cierto tiempo, su oleaje no siempre será el mismo, los intervalos cambian y cambiarán, la intensidad se alterará por condiciones ambientales o climáticas. Seguiré guiándome con la figura que se crea en mi interior, conformada por recuerdos y por imágenes y relatos, mi padre seguirá intacto, su nombre, su cuerpo, su voz, sus ojos titilarán levemente, no sé hasta cuándo. 



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