5.30.2024

Recuerdo viajar en bus con papá, lo recuerdo porque esa imagen en ocasiones aparece como si fuera la escena de una película. Aparezco en el asiento de la ventana y mi padre aparece a mi lado. Es un bus antiguo, grande, verde y con el techo blanco, de esos buses que tenían las sillas y los pasamanos de hierro y que en el respaldo de la cabina del conductor brillaba una inmensa calcomanía del escudo de algún equipo de fútbol. El sol ya empezaba a caer. No recuerdo hacia dónde nos dirigíamos, seguramente íbamos a una cita médica. La imagen aparece con intensidad porque era inusual que él tomara un transporte diferente al de su querida y aparatosa motocicleta. Me gusta recordar estar junto a papá sentados en el bus porque de repente actuaba como un payaso, como el hombre más extrovertido de todos, y sin ningún reparo gritaba o hacía ruidos absurdos y ridículos. Lograba hacerme reír con facilidad y al ver mi risa se llenaba de más confianza, la desfachatez se apoderaba completamente de él y mantenía su acto hasta que inevitablemente se volvía repetitivo, perdía la gracia y daba vergüenza. Y aquello tan tonto, espontáneo y sin sentido duraba pocos minutos, y ocurrió hace tantos años, ocurrió para que yo ahora, o en cualquier momento, repentinamente lo recuerde y me despierte una sosegada alegría o una inesperada lágrima. 

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