1.16.2025

Reconocer un poema

Llegaron y se acomodaron en los asientos correspondientes. La película hacía diez minutos había empezado, no era grave perderse diez minutos de una película que duraba casi tres horas. Pero ocurrió que en la planta de su pie izquierdo, en la curvatura del talón, un dolor punzante y continuo apareció. Algo debió activarlo. La película era un reestreno y todos los espectadores no podían estar más emocionados, remasterizada, en una sala adecuada para ese tipo de films, en una pantalla tres veces más grande que las tradicionales y con un sistema de audio sumamente envolvente, perfecto. Los asientos que eligieron de primera: los del medio en la fila h, los mejores de la sala y por supuesto, en la proyección de la noche, cuando la pasaban en el idioma original. 

Su pie seguía sumido bajo un intenso dolor pero no dejó de ver la pantalla. Las imágenes eran potentes. La música, mística. El momento no merecía aquel dolor. No dejaba de ser extraño experimentar un dolor de aquellas proporciones en esa parte del cuerpo. Lo soportaba y a lo sumo hacía alguna mueca y uno que otro pobre estiramiento. En una parte de la película una voz convincente recita un poema de Dylan Thomas, pero no lo cita, no se cita ahí ni tampoco después. Reconoció el poema y a su autor y se lo dijo secretamente a su acompañante porque realmente lo tomó por sorpresa y de paso lo emocionó. Qué ser tan especial se sentía al reconocer un poema. Sonrió porque expuso su conocimiento y aunque no volteó para ver la expresión de quien estaba a su lado, intuyó que fue de fascinación. 

Todavía quedaban dos horas de película y el dolor fue disminuyendo.

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