En la terraza de la casa de mi abuela, una abeja se retorcía
en el piso. Se la señalé a mi tío Jorge que en ese momento miraba las calles
del barrio.
Mi tío Jorge tiene 64 años y es el mayor de todos. De joven hizo
parte de un circo con el que recorrió el país. Luego pasó muchos años
conduciendo un taxi. Cuando mi abuela murió, dejó de conducir y se dedicó a
cuidar la casa en la que aún se reúne toda la familia. Sabe
enchapar, pintar y arreglar cualquier desperfecto.
Mi tío se agachó a coger a la abeja, yo reaccioné,
advirtiéndole que tuviera cuidado porque lo podía picar, él se limitó a responder:
—¿será?
Y la recogió, la lanzó hacia el cielo y la vimos volar en
círculos por entre las cuerdas de la ropa. Mi tío soltó su característica risa
ingenua y volvió a mirar las calles del barrio.
Yo me sentí tonto por haberle hecho esa advertencia, y me
dije: es obvio que mi tío sabe de estas cosas.
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